lunes, 30 de diciembre de 2013

En 1955 Rodolfo Bellini era un inquieto pibe de diez años viviendo en un lugar perdido del delta a más de una hora en lancha de la Estación Fluvial de Tigre. Sus principales intereses eran el futbol y unas figuritas de animales que conseguía en los esporadicos viajes de su familia al continente. El 11 de junio no se enteró en lo absoluto de la gran procesión del Corpus Christi convertida en manifestación antiperonista. El 16 al mediodía escuchó por la radio sobre el bombardeo a la Plaza de Mayo y dos cosas lo impresionaron: las caras de espanto de sus padres y la frase “bautismo de fuego”. Efectivamente ese ataque fue el bautismo de fuego de la Aviación Naval Argentina. Pero algo en esas palabras pobló su mente infantil de imágenes difusas en las que el sacramento que había aprendido en catecismo se convertía en un oscuro rito que tal vez explicaba el miedo y el odio que reflejaban todos los adultos ese día. 
Esa misma noche varias iglesias fueron quemadas en la capital. La venganza por el Cristo Vence pintado en los aviones, por los meses de lucha entre el clero y el lider. La Historia se ocuparía de narrar, organizar y analizar estos hechos. También ignoraría que otra capilla fuera de la capital fue destruida hasta los cimientos esa misma madrugada. Por motivos distintos.
El padre Floreal Pardo Galés, español, de modales aristocráticos, poco dado a hablar de sí mismo, daba misa desde hacía poco mas de dos años en una pequeñisima capilla isleña. Nada en él parecía congeniar con ese entorno, incluidos sus fieles, que sólo compartían con el cura la parquedad y la eucaristía. No tardaron en empezar a circular entre los lugareños extrañas historias salidas nadie sabía de dónde. Nada concreto, habladurías de gente aburrida sobre los extraños arreglos de flores silvestres con los que solía decorar el altar. Sobre frases en latín que nadie podía explicar por qué les sonaban distintas a las tantas veces escuchadas. Vagas desconfianzas que tomaron forma cuando durante una misa, a finales del verano de 1955, una compañera de escuela de Guillermo, un poco mayor que él, salió de la capilla luego de comulgar, por motivos desconocidos, y nunca más se supo de ella. En realidad lo último que escucharon todos fue un grito de angustía, seguido de un fuerte chapoteo. Una salmodia en un idioma que no parecía latín, dicha por el sacerdote en un murmullo entrecortado, acompañó a estos sonidos. O los precedió. 
La decisión de dejar de asistir a misa fue unánime. El padre Galés siguió llendo todos los domingos a la isla durante los meses que siguieron a la desaparición. Se quedaba solo en la capilla, y si alguien pasaba por los alrededores podía escucharlo sermoneando para nadie.
Luego de que la capilla fuera quemada, esa madrugada del 17 de junio, no volvió a aparecer por la isla. Todos, incluidos los padres de la nena perdida, sintieron el alivio de quien se libra de una amenaza terrible. Nadie buscó a los culpables del incendio. Nadie volvió a pisar el lugar. 
La vida en el delta siguió su curso, fangoso y lento como siempre. Las historias susurradas dieron paso a un silencio hosco. La Revolución Libertadora asumió el poder arrebatado por la fuerza. Mencionar el nombre del tirano depuesto fue prohibido por ley. Lo innombrable parecía multiplicarse. Algo que el paso del tiempo volvería una costumbre.
Al final, y como siempre, el recuerdo del cura español, o su olvido, fue convertido en un juego de niños. Y su mejor jugador era Guillermo Bellini. Las reglas eran más que simples, y remitían a una clase de desafío que era casi tan antigua como el miedo mismo. Sólo había que esperar a que fuera la medianoche del domingo, juntarse con algunos amigos, ir a las ruinas de la capilla, acercarse a los restos del altar y rescatar una piedrita o algún otro recordatorio.

lunes, 9 de diciembre de 2013

Los seguidores de la senda calamitosa

           A principios de los años 70, en zona norte del conurbano bonaerense, todos los grupos y clubes literarios tenían nombres más o menos extravagantes, había muchos, estaban los nenúfares que se dedicaban a la poesía en términos de vida o muerte y que la plasmaban con un estilo de graffiti vandálico, estaban los de la ley blanca y el grupo Orion Oviedo que hacían representaciones teatrales y proto-happenings en lugares públicos, obras tan absurdas que desorientaban o provocaban una hosca indiferencia y no lograban el impacto y la ruptura que se habían propuesto en sus respectivos manifiestos, pero también estaban Los seguidores de la senda calamitosa, Rara Avis que no pertenecían exactamente a ninguna de las dos categorías. Ellos se definían como exploradores de los límites de la realidad, y más allá de la pomposidad de tal afirmación, más adelante quedaría demostrado que apostaban fuerte a esa premisa. La senda tenía una fuerte base en la literatura fantástica, pero las sesiones que celebraban no contemplaban demasiado a los escritores célebres, sino que miraban más bien para adentro, se fagocitaban y retroalimentaban con material propio surgido de su propio talento y de diversos experimentos poco ortodoxos. En especial, un juego que llamaban “el perseguido” y que consistía en confabularse contra un miembro del grupo y acosarlo hasta el límite. Esto suponía una diversión malsana para los perseguidores pero además, el perseguido debía llevar una crónica donde detallara sus vivencias. La mayoría de los miembros de la senda eran estudiantes de secundaria de distintos Colegios del Partido de Escobar, pibes de entre 16 y 18 a los que no les interesaba demasiado la militancia política ni los vaivenes de la realidad social de la época, para decirlo mejor, no les interesaba ningún tipo de realidad sino todo lo contrario. De hecho, el grupo había comenzado por iniciativa de uno de los profesores de la tarde. El Pelado Augusto Rossi que daba lengua en cuarto y quinto y que les caía bien a casi todos. El Pelado, había arrancado con esta iniciativa de formar un pequeño taller literario fuera de clases, eligiendo a un puñado de sus alumnos más prometedores, con intención de introducirlos en lecturas no-canónicas, incentivarlos y cebarlos con la escritura, pero sobre todo,  comenzar a formarlos con teoría y preceptos marxistas. Pero el proyecto rápidamente se le fue de las manos y se convirtió en otra cosa. Cuando se quiso acordar, no era el quién dictaba las reglas, no era el quien decidía los tópicos a tratar en las reuniones ni la cantidad de miembros del grupo. Un día, se encontró con que tenía más de treinta pendejos en el living, perfeccionando las reglas de un jueguito enfermo que el no aprobaba ni entendía, discutiendo a Lovecraft y Poe como si fueran héroes Patrios, pero por sobre todo, cagándose soberanamente en la lucha de la clase proletaria contra la maquinaria de la burguesía. Ese día, el pelado Rossi los echó a todos a la mierda de su casa, y se quedó todo el fin de semana encerrado, mascullando lo que había pasado, un poco buscándole el asidero, la punta del ovillo. Hasta que lo encontró. Mejor que se olvidara de volver a formar un taller literario. Era demasiado peligroso. No podía sacarse de la cabeza la sonrisa sobradora del morocho Bastias. Alejandro Bastias, el alumno invisible. El silencioso, que nunca preguntaba nada en clases y parecía estar siempre en otro lado, distraído en las nubes, pero que nunca lo había podido dejar en evidencia, porque cuando se lo interpelaba, el pendejo respondía cortito y al pie. No era ningún boludo el pibe ese, y le costó tiempo al pelado tomarle el ritmo, entenderle el juego. En la clase, los compañeros lo respetaban, estaba lejos de ser el punto pero tampoco se podía decir que lo idolatraran. Pero había pasado algo con este muchacho en los primeros días de clase del año pasado, ¿que había sido?

Había sido a principios de Junio, cuando comenzó a costarle cada vez más salir de la cama y arrancar para el Colegio. A las 6 de la mañana el termómetro caía siempre dos o tres grados bajo cero y la casa se volvía inhóspita. Vestirse era lo que más le costaba, a veces pensaba que se levantaba obligado por las ganas de orinar, entonces aprovechaba el impulso y se ponía de manera mecánica, pantalón de vestir, camisa, zapatos. En esos minutos, los sonidos reverberaban por la casa y su angustia crecía en su pecho sin que pudiera remediarlo. Había que cumplir con los rituales cotidianos, no había otro conjuro por el momento. Poner agua en la pava y sentarse a esperar que sus ideas se acomodaran lentamente, pensar en lo mucho que le costaba entrar en calor por más que prendiera la estufa de cuarzo y se la pusiera abajo de la mesa. El frío estaba afuera, pero principalmente adentro, adentro era un frío de huesos viejos y cansados, de corazón desganado y seco. Después, se tomaba unos mates con desgano y rumiaba los detalles de su reciente separación. El otro ritual matutino. Con la vista clavada en la ventana, en el patio blanco donde la helada resistía los primeros rayos de sol, el pelado Rossi pensaba en Laura.y se hacía preguntas que acaso no lograría esclararecer con equidad en el corto plazo. No era de los que caían en la auto compasión, tampoco tenía verdaderos amigos en los que pudiera descargar su tristeza. La historia breve de su matrimonio, se la contaba a si mismo por capítulos, cada mañana. 
Laura lo había dejado, para irse con otro. Un colega de la oficina, un fulano más joven que ella y que la había flechado. Eso era un hecho. Sonaba bastante tremendo dicho en  palabras, pero no era el epílogo lo que lo atormentaba, sino las causas que lo habían ocasionado. El meollo estaba ahí, en lo cotidiano, en los días de aparente tranquilidad, cuando los engranajes que unían sus vidas, de manera paulatina, habían comenzado a gastarse. Como un sabueso, mañana tras mañana, mientras recorría sin apuro las quince cuadras que separaban su casa del colegio, el pelado fue desentrañando que había sido él quien propiciara la ruptura, en mayor medida él con su depresión ladina e insidiosa, que no terminaba de asomar pero que actuaba como un veneno, un germen del egoísmo más ingrato, donde el amor de Laura no había logrado anidar.
Saber esto, no lo sorprendió. Pero fue en cierto modo, un alivio.
De la puerta del colegio para adentro, se acababa la circunspección y el ejercía su profesión con soltura y energía.
Esa mañana, como parte de un ejercicio de investigación, pero también como experimento secreto, el pelado Rossi les encargó a sus alumnos que trabajaran sobre unos textos de un famoso ocultista Francés llamado André Le Cheux... 





El Pelado recordaba algo relacionado con un trabajo práctico que hablaba de la hipnosis, pero no podía precisar que era. Seguro que Bastias estaba involucrado. Como podía ser que no se acordase. Miró el reloj y eran las seis menos cuarto. Que raro pensó. Las seis menos cuarto y afuera ya es de noche, en Octubre. De noche. Se levantó de la mesa y se dirigió al cuarto de baño. Agarró una hojita de afeitar del botiquín y volvió al comedor. Dejó la gillette encima de unos cuadernos y se asomó por la ventana. Sobre el patio del frente, la calle estaba desierta, no se oía nada más que algún ladrido a la distancia. Entre las nubes, una uña luminosa brillaba como un gancho. Su mente rodaba de un lugar a otro pero cada vez le costaba más encontrar asidero. Alejandro Bastias repitió en voz baja.
Volvió al comedor y se sentó en la mesa. La heladera zumbó ruidosamente y el sonido le recordó al motor de un viejo ventilador en la pensión de la calle Irigoyen cuando todavía era un estudiante.
Tomó un bolígrafo y escribió algunas palabras en el papel. Luego lo dobló con ceremonia y lo introdujo en un sobre.
La ultima frase que había escrito le quedó picando, decía en imprenta. ...ya que mi vida carece de sentido, y todo lo demás se ha ido con el cuento, que puede importarme ahora.
Sostuvo la hojita de afeitar muy cerca de su muñeca izquierda, el pulgar y el índice muy apretados sobre la delgada lámina.
Y entonces la heladera dejó de zumbar y el Pelado despertó como de un sueño. Parpadeó y le costó entender lo que estaba haciendo, pero cuando lo hizo pegó un grito y arrojó la gillete con un gesto de repugnancia.
Corrió hacia el baño y vomitó. Estuvo un largo rato allí, cagado en las patas por la locura que había estado a punto de perpetrar. Se lavó la cara con agua fría y se miró al espejo. Su cara lucía pálida y demacrada, con pronunciadas ojeras y un rictus en la boca que no le gustó.
De donde había venido eso?
Lo ultimo que recordaba era haber estado pensando en...
....