A principios de los años 70, en zona norte del conurbano bonaerense, todos los grupos y clubes literarios tenían nombres más o menos
extravagantes, había muchos, estaban los
nenúfares que se dedicaban a la poesía en términos de vida o muerte y que la plasmaban con un estilo de graffiti vandálico, estaban los de la ley blanca y el grupo Orion Oviedo que hacían representaciones teatrales y proto-happenings
en lugares públicos, obras tan absurdas que desorientaban o provocaban una hosca indiferencia y no lograban el impacto
y la ruptura que se habían propuesto en sus respectivos manifiestos, pero también
estaban Los seguidores de la senda
calamitosa, Rara Avis que no pertenecían exactamente a ninguna de las dos categorías. Ellos se definían como exploradores de los límites de la realidad, y más allá de la pomposidad de tal afirmación, más adelante quedaría demostrado que apostaban fuerte a esa premisa. La senda
tenía una fuerte base en la literatura fantástica, pero las sesiones que celebraban
no contemplaban demasiado a los escritores célebres, sino que miraban más bien para
adentro, se fagocitaban y retroalimentaban con material propio surgido de su
propio talento y de diversos experimentos poco ortodoxos. En
especial, un juego que llamaban “el perseguido” y que consistía en confabularse contra un miembro del grupo y acosarlo hasta el límite. Esto suponía una diversión malsana para los perseguidores pero además, el perseguido debía llevar una crónica donde detallara sus vivencias. La mayoría de los miembros de la senda eran estudiantes de
secundaria de distintos Colegios del Partido de Escobar, pibes de entre
16 y 18 a
los que no les interesaba demasiado la militancia política ni los vaivenes de
la realidad social de la época, para decirlo mejor, no les interesaba ningún
tipo de realidad sino todo lo contrario. De hecho, el grupo había comenzado por
iniciativa de uno de los profesores de la tarde. El Pelado Augusto Rossi que
daba lengua en cuarto y quinto y que les caía bien a casi todos. El Pelado, había
arrancado con esta iniciativa de formar un pequeño taller literario fuera de
clases, eligiendo a un puñado de sus alumnos más prometedores, con intención de
introducirlos en lecturas no-canónicas, incentivarlos y cebarlos con la
escritura, pero sobre todo, comenzar a
formarlos con teoría y preceptos marxistas. Pero el proyecto rápidamente se le
fue de las manos y se convirtió en otra cosa. Cuando se quiso acordar, no era
el quién dictaba las reglas, no era el quien decidía los tópicos a tratar en
las reuniones ni la cantidad de miembros del grupo. Un día, se encontró con que
tenía más de treinta pendejos en el living, perfeccionando las reglas de un
jueguito enfermo que el no aprobaba ni entendía, discutiendo a Lovecraft y Poe
como si fueran héroes Patrios, pero por sobre todo, cagándose soberanamente en
la lucha de la clase proletaria contra la maquinaria de la burguesía. Ese día,
el pelado Rossi los echó a todos a la mierda de su casa, y se quedó todo el fin
de semana encerrado, mascullando lo que había pasado, un poco buscándole
el asidero, la punta del ovillo. Hasta que lo encontró. Mejor que se olvidara
de volver a formar un taller literario. Era demasiado peligroso. No podía
sacarse de la cabeza la sonrisa sobradora del morocho Bastias. Alejandro
Bastias, el alumno invisible. El silencioso, que nunca preguntaba nada en clases y parecía estar
siempre en otro lado, distraído en las nubes, pero que nunca lo había podido
dejar en evidencia, porque cuando se lo interpelaba, el pendejo respondía
cortito y al pie. No era ningún boludo el pibe ese, y le costó tiempo al pelado
tomarle el ritmo, entenderle el juego. En la clase, los compañeros lo
respetaban, estaba lejos de ser el punto pero tampoco se podía decir que lo
idolatraran. Pero había pasado algo con este muchacho en los primeros días de clase del año pasado, ¿que había sido?
Había sido a principios de Junio, cuando comenzó a costarle cada vez más salir de la cama y arrancar para el Colegio. A las 6 de la mañana el termómetro caía siempre dos o tres grados bajo cero y la casa se volvía inhóspita. Vestirse era lo que más le costaba, a veces pensaba que se levantaba obligado por las ganas de orinar, entonces aprovechaba el impulso y se ponía de manera mecánica, pantalón de vestir, camisa, zapatos. En esos minutos, los sonidos reverberaban por la casa y su angustia crecía en su pecho sin que pudiera remediarlo. Había que cumplir con los rituales cotidianos, no había otro conjuro por el momento. Poner agua en la pava y sentarse a esperar que sus ideas se acomodaran lentamente, pensar en lo mucho que le costaba entrar en calor por más que prendiera la estufa de cuarzo y se la pusiera abajo de la mesa. El frío estaba afuera, pero principalmente adentro, adentro era un frío de huesos viejos y cansados, de corazón desganado y seco. Después, se tomaba unos mates con desgano y rumiaba los detalles de su reciente separación. El otro ritual matutino. Con la vista clavada en la ventana, en el patio blanco donde la helada resistía los primeros rayos de sol, el pelado Rossi pensaba en Laura.y se hacía preguntas que acaso no lograría esclararecer con equidad en el corto plazo. No era de los que caían en la auto compasión, tampoco tenía verdaderos amigos en los que pudiera descargar su tristeza. La historia breve de su matrimonio, se la contaba a si mismo por capítulos, cada mañana.
Laura lo había dejado, para irse con otro. Un colega de la oficina, un fulano más joven que ella y que la había flechado. Eso era un hecho. Sonaba bastante tremendo dicho en palabras, pero no era el epílogo lo que lo atormentaba, sino las causas que lo habían ocasionado. El meollo estaba ahí, en lo cotidiano, en los días de aparente tranquilidad, cuando los engranajes que unían sus vidas, de manera paulatina, habían comenzado a gastarse. Como un sabueso, mañana tras mañana, mientras recorría sin apuro las quince cuadras que separaban su casa del colegio, el pelado fue desentrañando que había sido él quien propiciara la ruptura, en mayor medida él con su depresión ladina e insidiosa, que no terminaba de asomar pero que actuaba como un veneno, un germen del egoísmo más ingrato, donde el amor de Laura no había logrado anidar.
Saber esto, no lo sorprendió. Pero fue en cierto modo, un alivio.
De la puerta del colegio para adentro, se acababa la circunspección y el ejercía su profesión con soltura y energía.
Esa mañana, como parte de un ejercicio de investigación, pero también como experimento secreto, el pelado Rossi les encargó a sus alumnos que trabajaran sobre unos textos de un famoso ocultista Francés llamado André Le Cheux...
El Pelado recordaba algo relacionado con un trabajo práctico que hablaba de la hipnosis, pero no podía precisar que era. Seguro que Bastias estaba involucrado. Como podía ser que no se acordase. Miró el reloj y eran las seis menos cuarto. Que raro pensó. Las seis menos cuarto y afuera ya es de noche, en Octubre. De noche. Se levantó de la mesa y se dirigió al cuarto de baño. Agarró una hojita de afeitar del botiquín y volvió al comedor. Dejó la gillette encima de unos cuadernos y se asomó por la ventana. Sobre el patio del frente, la calle estaba desierta, no se oía nada más que algún ladrido a la distancia. Entre las nubes, una uña luminosa brillaba como un gancho. Su mente rodaba de un lugar a otro pero cada vez le costaba más encontrar asidero. Alejandro Bastias repitió en voz baja.
Había sido a principios de Junio, cuando comenzó a costarle cada vez más salir de la cama y arrancar para el Colegio. A las 6 de la mañana el termómetro caía siempre dos o tres grados bajo cero y la casa se volvía inhóspita. Vestirse era lo que más le costaba, a veces pensaba que se levantaba obligado por las ganas de orinar, entonces aprovechaba el impulso y se ponía de manera mecánica, pantalón de vestir, camisa, zapatos. En esos minutos, los sonidos reverberaban por la casa y su angustia crecía en su pecho sin que pudiera remediarlo. Había que cumplir con los rituales cotidianos, no había otro conjuro por el momento. Poner agua en la pava y sentarse a esperar que sus ideas se acomodaran lentamente, pensar en lo mucho que le costaba entrar en calor por más que prendiera la estufa de cuarzo y se la pusiera abajo de la mesa. El frío estaba afuera, pero principalmente adentro, adentro era un frío de huesos viejos y cansados, de corazón desganado y seco. Después, se tomaba unos mates con desgano y rumiaba los detalles de su reciente separación. El otro ritual matutino. Con la vista clavada en la ventana, en el patio blanco donde la helada resistía los primeros rayos de sol, el pelado Rossi pensaba en Laura.y se hacía preguntas que acaso no lograría esclararecer con equidad en el corto plazo. No era de los que caían en la auto compasión, tampoco tenía verdaderos amigos en los que pudiera descargar su tristeza. La historia breve de su matrimonio, se la contaba a si mismo por capítulos, cada mañana.
Laura lo había dejado, para irse con otro. Un colega de la oficina, un fulano más joven que ella y que la había flechado. Eso era un hecho. Sonaba bastante tremendo dicho en palabras, pero no era el epílogo lo que lo atormentaba, sino las causas que lo habían ocasionado. El meollo estaba ahí, en lo cotidiano, en los días de aparente tranquilidad, cuando los engranajes que unían sus vidas, de manera paulatina, habían comenzado a gastarse. Como un sabueso, mañana tras mañana, mientras recorría sin apuro las quince cuadras que separaban su casa del colegio, el pelado fue desentrañando que había sido él quien propiciara la ruptura, en mayor medida él con su depresión ladina e insidiosa, que no terminaba de asomar pero que actuaba como un veneno, un germen del egoísmo más ingrato, donde el amor de Laura no había logrado anidar.
Saber esto, no lo sorprendió. Pero fue en cierto modo, un alivio.
De la puerta del colegio para adentro, se acababa la circunspección y el ejercía su profesión con soltura y energía.
Esa mañana, como parte de un ejercicio de investigación, pero también como experimento secreto, el pelado Rossi les encargó a sus alumnos que trabajaran sobre unos textos de un famoso ocultista Francés llamado André Le Cheux...
El Pelado recordaba algo relacionado con un trabajo práctico que hablaba de la hipnosis, pero no podía precisar que era. Seguro que Bastias estaba involucrado. Como podía ser que no se acordase. Miró el reloj y eran las seis menos cuarto. Que raro pensó. Las seis menos cuarto y afuera ya es de noche, en Octubre. De noche. Se levantó de la mesa y se dirigió al cuarto de baño. Agarró una hojita de afeitar del botiquín y volvió al comedor. Dejó la gillette encima de unos cuadernos y se asomó por la ventana. Sobre el patio del frente, la calle estaba desierta, no se oía nada más que algún ladrido a la distancia. Entre las nubes, una uña luminosa brillaba como un gancho. Su mente rodaba de un lugar a otro pero cada vez le costaba más encontrar asidero. Alejandro Bastias repitió en voz baja.
Volvió al comedor y se sentó en la mesa. La heladera zumbó ruidosamente y el sonido le recordó al motor de un viejo ventilador en la pensión de la calle Irigoyen cuando todavía era un estudiante.
Tomó un bolígrafo y escribió algunas palabras en el papel. Luego lo dobló con ceremonia y lo introdujo en un sobre.
La ultima frase que había escrito le quedó picando, decía en imprenta. ...ya que mi vida carece de sentido, y todo lo demás se ha ido con el cuento, que puede importarme ahora.
Sostuvo la hojita de afeitar muy cerca de su muñeca izquierda, el pulgar y el índice muy apretados sobre la delgada lámina.
Tomó un bolígrafo y escribió algunas palabras en el papel. Luego lo dobló con ceremonia y lo introdujo en un sobre.
La ultima frase que había escrito le quedó picando, decía en imprenta. ...ya que mi vida carece de sentido, y todo lo demás se ha ido con el cuento, que puede importarme ahora.
Sostuvo la hojita de afeitar muy cerca de su muñeca izquierda, el pulgar y el índice muy apretados sobre la delgada lámina.
Y entonces la heladera dejó de zumbar y el Pelado despertó como de un sueño. Parpadeó y le costó entender lo que estaba haciendo, pero cuando lo hizo pegó un grito y arrojó la gillete con un gesto de repugnancia.
Corrió hacia el baño y vomitó. Estuvo un largo rato allí, cagado en las patas por la locura que había estado a punto de perpetrar. Se lavó la cara con agua fría y se miró al espejo. Su cara lucía pálida y demacrada, con pronunciadas ojeras y un rictus en la boca que no le gustó.
De donde había venido eso?
Lo ultimo que recordaba era haber estado pensando en...
Corrió hacia el baño y vomitó. Estuvo un largo rato allí, cagado en las patas por la locura que había estado a punto de perpetrar. Se lavó la cara con agua fría y se miró al espejo. Su cara lucía pálida y demacrada, con pronunciadas ojeras y un rictus en la boca que no le gustó.
De donde había venido eso?
Lo ultimo que recordaba era haber estado pensando en...
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