martes, 12 de noviembre de 2013

         


El cambio tiene sus argucias para pasar desapercibido. O simplemente para faltar sin aviso. Por uno u otro motivo, los habitantes de Villa La Ñata podían afirmar, sin temor a las represalias de Heráclito, que se bañaban siempre en el mismo río. Aunque nunca faltaba, especialmente cada verano, especialmente forasteros, quienes se bañaban por última vez. La Ñata, y su vecino de la orilla opuesta: Dique Luján, tenían una larga tradición de ahogados traicionados por camalotes y remolinos.
En la figura de Stein convergen dos historias: la heroica y breve carrera de militancia y un salvaje chiste post mortem.
Los tres parroquianos, tres grises vidas proletarias, tomaban cerveza o vino en una mesa de la parrilla del Colorado, bien junto al río. Una noche cualquiera, pero, con la quincena recién cobrada en los bolsillos, con el aire húmedo y fragante de noviembre, las risas degeneraron en ansias de algo. La sorda necesidad de que algo pase. Aunque no podía ser sólo eso. La insatisfacción no era un juguete que manipularan cada primavera. Puede que fuera la noche la que tenía ganas de divertirse. Puede que fuera Heráclito buscando venganza.
Y entonces Stein apareció flotando río abajo, hinchado y mordisqueado por los surubíes. Con su ropa de combate y una 9 mm todavía en la cintura.
El cuerpo encalló entre los juncos a un par de metros de la mesa llena de botellas y de las voces retumbando en los sauces. Más tarde, ninguno de los tres pudo asegurar quién lo vio primero. Ni de quién fue la idea. Para cuando se dieron cuenta, ya lo habían sacado del agua y lo habían sentado en la cuarta silla de caña y mimbre. Una cuenca vacía y un ojo mirando hacía la parrilla del otro lado de la calle. La decisión natural, antes de que prevalecieran la razón o el asco, fue pedir otra ronda.
El Colorado, curtido en gritos y borrachos, llevó las bebidas con su mejor cara de desinterés. Las dejó en la mesa, las destapó, y giró para irse con su bandeja bajo el brazo sin siquiera llevarse los envases vacios. Sin prestar ninguna atención a las tres miradas de jocoso espanto.
-¡Che, Colorado, mirá cómo lo dejó a este tu vino de mierda!
Mientras se daba vuelta para encarar al humorista de siempre, las respuestas automáticas adecuadas para la situación se agolparon en su memoria. Después de todo, el Colorado era un comerciante, e intercalaba su habitual parquedad con una módica simpatia más afín al negocio.
Y lo vio. Un ojo lechoso y una cuenca vacía lo miraban. Una lengua azul e hinchada asomaba entre unos dientes casi fosforescentes. Ya no vio más. Mientras el Colorado abría y cerraba la boca, mientras dejaba caer la bandeja, el miedo se rindió ante una obsesión instantánea: “necesito la escopeta para matar a ese ahogado hijo de puta”. Se dio vuelta para entrar a la parrilla. Se tropezó con los escalones que llevaban a la casa de alto. Se acercó al mueblecito donde guardaba la escopeta y un 38 smith & wesson, ambos herencia de su padre polaco. El mundo tal como lo conocía dejó de existir. El grito, afinado y un poco sobreactuado, como de opera amateur, despertó a su mujer, que lo encontró arrodillado y aferrado al revolver que apoyaba en su cien derecha. Afuera, tres borrachos reían con la risa forzada de los que se saben condenados.
Nadie murió esa noche. Ni la siguiente. Al tercer día Stein no se levantó de entre los muertos. Al cuarto día la policía pudo identificarlo. Y empezaron las sorpresas. Uno de los bromistas, Elvio Salgari, trabajaba como armador en el mismo astillero que el ahogado. O para más detalles, mientras Salgari trabajaba en el astillero hacía casi cinco años, Stein había entrado hacía unos meses como ayudante en plan de proletarización. Sea como sea, a la policía le encantan las coincidencias. Al quinto día Salgari salío de su casa hacia el trabajo. Nunca llegó al astillero y nadie supo de él hasta mucho después. Aunque para muchos hubiese sido preferible no volver a verlo. Y nadie estaba preparado para escuchar lo que tenía para contar.

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