Lo único que vibraba en las tres dimensiones era el miedo. El miedo estaba adentro y
afuera, y en cada centímetro cuadrado de la piel, pero también se derramaba por
los ladrillos huecos blanqueados a la cal y desde la lamparita rancia del pasillo.
En esa penumbra patética, en ese resplandor raro que percibía con los ojos
hinchados, todo era miedo puro y simple.
A veces sonreía con cara amarga porque acordarse de como era estar suelto era peor. Ese “como” había cobrado tanto significado que lo lastimaba como suelen hacer las obsesiones más rabiosas. Adentro, en cambio, era diferente. Las cosas que pasaban, las que le pasaban a él, no podían medirse en días sino en tramos, en episodios, en trancos. Lo que oía, las palabras que cruzaba, las cosas que le hacían...en fin. En esas circunstancias lo que creía decir a veces, o callarse, no podían medirse en términos muy concretos.
No era algo para detenerse a meditar, la verdad, o se te saltaban todos los resortes. Esa brea, digo. Había que atravesarla, como en una pesadilla, traqueteando y a los tirones, como fuera, la cabeza bailaba y pegaba saltos, algo adentro se rompía, cada vez. Parecía mentira que algo adentro se siguiera rompiendo ¿Cómo se puede volver a romper algo que ya está hecho añicos? No sé. Pero a pesar de todo, durante ese infierno, la memoria y el delirio jugueteaban.
Costaba mucho determinar si su situación estaba empeorando o no. Le daba por pensar que tal vez su cuerpo se iba adaptando poco a poco al maltrato y entonces, por más daño que le hicieran… pero era una idea horrible. ¿En que lo convertía eso? Por enésima vez se gritó que basta. Basta de darle vueltas y vueltas.
Como había descubierto en una de sus primeras sesiones, los mantras, a veces, funcionaban y se dedicó a ello.
Me llamo Elvio, se dijo.
Me llamo Elvio, me llamo Elvio. Dije.
Mi voz sonaba hueca y desagradable dentro de mi cabeza. ¿Si intentara pronunciar realmente esas palabras, como sonarían?. Diez veces peor, seguro, y además los labios estaban muy lastimados. Así que Elvio, callate.
Como si quisiera venir a darme un poco de alivio, me cayó delante de los ojos, una serie de postales de esa tarde que pasé en la Quinta de Junín con Silvita. Respiré profundo y suspiré.
Silvita, como te extraño querida. Teníamos ¿cuanto? ¿Catorce, quince años?
Me fui pasando, como si fueran diapositivas, un montón de imágenes congeladas en la misma luz del otoño. No sé porque el recuerdo me vino así, sin sonidos ni movimiento, pero no indagué demasiado. A caballo regalado, dicen…
A veces sonreía con cara amarga porque acordarse de como era estar suelto era peor. Ese “como” había cobrado tanto significado que lo lastimaba como suelen hacer las obsesiones más rabiosas. Adentro, en cambio, era diferente. Las cosas que pasaban, las que le pasaban a él, no podían medirse en días sino en tramos, en episodios, en trancos. Lo que oía, las palabras que cruzaba, las cosas que le hacían...en fin. En esas circunstancias lo que creía decir a veces, o callarse, no podían medirse en términos muy concretos.
No era algo para detenerse a meditar, la verdad, o se te saltaban todos los resortes. Esa brea, digo. Había que atravesarla, como en una pesadilla, traqueteando y a los tirones, como fuera, la cabeza bailaba y pegaba saltos, algo adentro se rompía, cada vez. Parecía mentira que algo adentro se siguiera rompiendo ¿Cómo se puede volver a romper algo que ya está hecho añicos? No sé. Pero a pesar de todo, durante ese infierno, la memoria y el delirio jugueteaban.
Costaba mucho determinar si su situación estaba empeorando o no. Le daba por pensar que tal vez su cuerpo se iba adaptando poco a poco al maltrato y entonces, por más daño que le hicieran… pero era una idea horrible. ¿En que lo convertía eso? Por enésima vez se gritó que basta. Basta de darle vueltas y vueltas.
Como había descubierto en una de sus primeras sesiones, los mantras, a veces, funcionaban y se dedicó a ello.
Me llamo Elvio, se dijo.
Me llamo Elvio, me llamo Elvio. Dije.
Mi voz sonaba hueca y desagradable dentro de mi cabeza. ¿Si intentara pronunciar realmente esas palabras, como sonarían?. Diez veces peor, seguro, y además los labios estaban muy lastimados. Así que Elvio, callate.
Como si quisiera venir a darme un poco de alivio, me cayó delante de los ojos, una serie de postales de esa tarde que pasé en la Quinta de Junín con Silvita. Respiré profundo y suspiré.
Silvita, como te extraño querida. Teníamos ¿cuanto? ¿Catorce, quince años?
Me fui pasando, como si fueran diapositivas, un montón de imágenes congeladas en la misma luz del otoño. No sé porque el recuerdo me vino así, sin sonidos ni movimiento, pero no indagué demasiado. A caballo regalado, dicen…
Silvita
apoyada con la espalda contra el tronco del enorme Eucalipto, los ojos
entrecerrados y haciendo visera con la mano. No me mira a mi sino al corral que
está al costado de la casa. Tiene la boca torcida para un lado, ese gesto tan
suyo que yo nunca supe si era de disgusto o de concentración. En la mejilla
izquierda se le nota todavía el surco que le dejó la gata cachorra de Doña Inés
cuando la quiso meter en la bolsa de arpillera.
Mi mano
sobre el pecho blanco y diminuto, una curva delicada entre los pliegues de su
camisa. Las pupilas dilatas por el sofocón, o por temor a ser descubiertos.
Otra mano enredada en los bucles rojos. Más atrás, repisas con olor a viejo, latas de conserva, rollos de cuerda,
bolsas de papel, diarios apilados, herramientas, frascos de aceitunas vacíos,
una telaraña flotando en la luz polvorienta del galpón como si fuera la cosa
más liviana creada sobre la faz de la tierra.
Don Carlos
enseñándole a Silvita a jugar al truco, es un viejo gordo y desagradable,
siempre transpirado, en la frente se le forman gotitas de sudor aunque sea de
noche y esté fresco, mi prima dice que eso es porque chupa todo el día. Cuando
lo miro a Don Carlos al lado de Silvita, tan cerca, en la mesa del Club, me
agarran ganas de partirle algo en la cabeza. Que gordo desagradable, parece un
sapo ahí sentado, parece que la camisa se le fuera a reventar de tan gordo. Y
Silvita le sonríe encima. Me parte el corazón que le sonría de esa manera al
viejo… Un poco me odio a mi mismo por ser tan cobarde. Un poco la odio a ella,
no por estar jugando al truco con Don Carlos, sino por ignorarme así, luego de
haber estado juntos.
Las
palabras más crueles, me las diría ese mismo día, al final de la tarde. Yo la
dejé hablar. No supe que contestarle. Todavía hoy no lo sé.
..........................................................................................................................................
( Borrador )
Silvita se esfuma ahora, es un fantasma y debe irse, por supuesto. Pero no se va con la luz como la mayoría de los fantasmas, ella se va con la oscuridad de afuera que invade los sentidos y apaga la calidez de los recuerdos. Mi corazón se olvida de sus formas, de su voz. Y recobro el presente como una broma de mal gusto, un regalo horrible que quisiera dárselo a otro.
Escucho las voces que vienen del pasillo y mi pecho se encoge. Otra vez el miedo. Ya pasé muchas veces por ésto y aún así no logro sosegarme, quizás más tarde, mientras soy sometido por esas bestias que tanto me odian, una parte mía se irá muy lejos, y la otra, la que quede, gritará y llorará entre jadeos, pero con suerte, muy en el fuero interno, algo de calma quedará.
Lo más difícil son estos momentos previos, la anticipación de los hechos, donde mi cabeza se dice mentiras como que a lo mejor no me vengan a buscar a mi, sino al rubio que está al final del pasillo. Pero que digo. Pobre gringo, que culpa habrá tenido. Lo pasaron a mejor vida la otra noche, y no de buena manera a juzgar por los gritos. Entonces basta. Soy el último que queda. Asi que a ponerle nombre a esta baba invisible que me envuelve, y a prepararme cobijo por dentro. Debo repetirme que soy Elvio. Soy Elvio y tuve una vida ahí afuera, en el mundo real, donde todavía deben cantan los pájaros.
Cuando aparecieron en la puerta del calabozo, me quedé mirandolos con la boca abierta. Claramente no era lo que espera ver. Hacía dos semanas que me habían sacado la venda y no hizo falta que dijesen nada para que yo entendiera. Si podía verles la jeta, no podría ver nunca más nada. Y en esta jaula que te saquen la esperanza es terrible, es como si te violaran el alma. A partir de ahí ya no pude tener nada más que el tiempo del lado de acá, los minutos podridos y pegajosos sin ningún propósito. Los ojos destapados para verlos a ellos, a sus caras y sus muecas como delineadas por un artista torpe. Para soñar con ellos con los ojos cerrados tambien.
Es sabido que un prisionero comienza a autoflagelarse cuando se dan las condiciones. Es cuestión de método y tiempo. A ellos todo esto les encanta.
Pero en vez de los tres rostros de siempre, solo estaba uno, el gordo morocho que me hablaba en voz baja y simulaba ser un amigo, el que hacía un gesto con la mano para que los otros dos aflojaran y me pedía nombres y lugares, nombre y fechas, nombres y más nombres.
Junto a él había dos figuras vestidas con tunicas oscuras y capuchas que no dejaban ver los rostros. Uno de ellos traía un cirio pascual de color naranja, adornado con símbolos y cintas, el otro, sostenía un rosario profano, la cruz era de oro rojizo y de ella colgaba un cristo con cabeza de rata, las cuentas estaban confeccionadas con molares ensangrentados.
Al ver esto, me acurruqué en el extremo opuesto de mi celda y abracé mis piernas. No podia dejar de temblar. Este era un miedo nuevo, en otro nivel. Confirmaba los rumores que había oído cuando me tenían detenido en la taquería del puerto. Si te llevan a los galpones de Dique, mejor que te mates antes. Me había dicho una voz. Y yo giré la cabeza asustado. Eramos como veinte en una habitacion de cuatro por cuatro, todos encapuchados y cagados en las patas. Si te llevan a La Isla más vale que busques la manera de suicidarte. Repitió más cerca de mi oído. Lo que hacen ahí es aberrante. Mi amigo estuvo y me lo contó. Me lo contó todo. Siempre dejan a uno vivo para que después se corra la bola. Pero escuchame, eso, quedar así... no es vida... Y la voz continuó hablando en susurros, en apariencia solo para mi, pero yo sabía que todos los presentes tambien escuchaban.
Abren la celda y entran. Oigo las pisadas gomosas en el suelo de cemento húmedo. Por más que aprete los párpados, la imagen del rosario ensangrentado baila en mi cabeza.
No quiero abrir los ojos.
El gordo está parado enfrente mío, los otros dos, un poco más atras. No los veo pero lo adivino. Siento el aliento caliente del milico a centímetros de mi cara.
Abrí los ojos, turrito. Dice el gordo. Te vamos a llevar a un lugar.
No. Digo, casi en un susurro.
Si. Te vamos a mostrar algo especial. Dice el Gordo.
Siento que me pasan un lazo por el cuello y aprietan. Por puro instinto me resisto, pero el Gordo me golpea duro en la boca del estómago. Se me aflojan las piernas y quedo a su merced. Los dejo hacer. Me atan también las manos y me sacan de la celda a los tirones.
El Gordo camina adelante, va silbando y dándome la espalda. Sabe que estoy doblegado y no se preocupa por mi. Detrás mío, vienen los otros dos. Cantan a coro un salmo en alguna lengua extranjera, no latín sino tal vez, ruso, y pronuncian ciertas palabras de manera obsena. Su salmodia hace que se me pongan los pelos de punta. Me concentro en poner un pie detrás del otro para no perder el equilibrio. Mi vista está clavada en la culata de la pistola del Gordo. Pero mis pensamientos vuelan y se entrechocan como una mosca contra el vidrio de una ventana.
Pasamos por el pasillo y logro ver las celdas vacías. Un tufo a orines y vómito nos acecha antes de llegar a la escalera.
Subimos peldaño por peldaño, el Gordo no mira para atrás pero le da tirones a la soga para calcular mi posición.
Arriba, salimos a la superficie de lo que parece un hangar enorme. Las penumbras no me permiten entender las dimensiones de la estructura, pero me hago una rápida idea de una fábrica o galpón militar semi abandonado. No se ven otras personas ni vehículos en las inmediaciones. Nuestras pisadas retumban en el espacio abierto, el suelo está agrietado y puñados de hierbajos crecen aquí y allá entre montones de chatarra y bultos que no logro descifrar. En lo alto, a través del esqueleto de vigas que alguna vez fue el cielo raso, se divisa la luna llena flanqueada por nubes densas y oscuras. En fila india, atravesamos el recinto y salimos. Es una noche fresca y llena de sonidos. A mi alrededor solo veo pastizales y plantas trepadoras enredadas en los árboles, más atrás, asoman las siluetas de las casuarinas. No veo nada que me ayude a determinar exactamente donde estoy, aunque lo sospecho. En mi imaginación, va cobrando vida de manera nítida, lo que hasta este momento había mantenido a raya diciéndome que era improbable, lo que me había susurrado alguien en la celda tiempo atrás, y se había quedado dentro mío como un veneno, lo de los muertos dorados. En medio del pandemónium que son mis emociones, no sé cómo lidiar con eso.
Mientras soy conducido, los latidos de mi corazón golpean en las sienes, el miedo que siempre me domina no ha cedido terreno, sin embargo, esta vez ya no es una bruma paralizante sino un vértigo en la boca del estómago. Caminamos por un sendero de tierra húmeda y nos vamos internando en la espesura del monte, el camino continua más o menos en línea recta junto a una hilera despareja de sauces y matas de espinos ensortijados. Cada diez o quince metros un farol alumbra el camino, el haz de luz oscila suavemente y provoca que las sombras se agazapen y salten de un lado a otro.
Procuro enderezar mis hombros, caminar menos encorvado, una pequeña concesión que le pido a mi cuerpo para que la brea no me ahogue, para plantarle cara a lo que me espera.
Por delante, el Gordo da suaves tirones a la soga y avanza sin voltearse, pero algo en su postura ha cambiado también, sus movimientos son ahora rígidos y ya no silba. Detrás de mí, vienen los otros, encapuchados, envueltos en una sombra más densa. No quiero preguntarme quienes son, y mucho menos en que piensan.
****
( Borrador )
Silvita se esfuma ahora, es un fantasma y debe irse, por supuesto. Pero no se va con la luz como la mayoría de los fantasmas, ella se va con la oscuridad de afuera que invade los sentidos y apaga la calidez de los recuerdos. Mi corazón se olvida de sus formas, de su voz. Y recobro el presente como una broma de mal gusto, un regalo horrible que quisiera dárselo a otro.
Escucho las voces que vienen del pasillo y mi pecho se encoge. Otra vez el miedo. Ya pasé muchas veces por ésto y aún así no logro sosegarme, quizás más tarde, mientras soy sometido por esas bestias que tanto me odian, una parte mía se irá muy lejos, y la otra, la que quede, gritará y llorará entre jadeos, pero con suerte, muy en el fuero interno, algo de calma quedará.
Lo más difícil son estos momentos previos, la anticipación de los hechos, donde mi cabeza se dice mentiras como que a lo mejor no me vengan a buscar a mi, sino al rubio que está al final del pasillo. Pero que digo. Pobre gringo, que culpa habrá tenido. Lo pasaron a mejor vida la otra noche, y no de buena manera a juzgar por los gritos. Entonces basta. Soy el último que queda. Asi que a ponerle nombre a esta baba invisible que me envuelve, y a prepararme cobijo por dentro. Debo repetirme que soy Elvio. Soy Elvio y tuve una vida ahí afuera, en el mundo real, donde todavía deben cantan los pájaros.
Cuando aparecieron en la puerta del calabozo, me quedé mirandolos con la boca abierta. Claramente no era lo que espera ver. Hacía dos semanas que me habían sacado la venda y no hizo falta que dijesen nada para que yo entendiera. Si podía verles la jeta, no podría ver nunca más nada. Y en esta jaula que te saquen la esperanza es terrible, es como si te violaran el alma. A partir de ahí ya no pude tener nada más que el tiempo del lado de acá, los minutos podridos y pegajosos sin ningún propósito. Los ojos destapados para verlos a ellos, a sus caras y sus muecas como delineadas por un artista torpe. Para soñar con ellos con los ojos cerrados tambien.
Es sabido que un prisionero comienza a autoflagelarse cuando se dan las condiciones. Es cuestión de método y tiempo. A ellos todo esto les encanta.
Pero en vez de los tres rostros de siempre, solo estaba uno, el gordo morocho que me hablaba en voz baja y simulaba ser un amigo, el que hacía un gesto con la mano para que los otros dos aflojaran y me pedía nombres y lugares, nombre y fechas, nombres y más nombres.
Junto a él había dos figuras vestidas con tunicas oscuras y capuchas que no dejaban ver los rostros. Uno de ellos traía un cirio pascual de color naranja, adornado con símbolos y cintas, el otro, sostenía un rosario profano, la cruz era de oro rojizo y de ella colgaba un cristo con cabeza de rata, las cuentas estaban confeccionadas con molares ensangrentados.
Al ver esto, me acurruqué en el extremo opuesto de mi celda y abracé mis piernas. No podia dejar de temblar. Este era un miedo nuevo, en otro nivel. Confirmaba los rumores que había oído cuando me tenían detenido en la taquería del puerto. Si te llevan a los galpones de Dique, mejor que te mates antes. Me había dicho una voz. Y yo giré la cabeza asustado. Eramos como veinte en una habitacion de cuatro por cuatro, todos encapuchados y cagados en las patas. Si te llevan a La Isla más vale que busques la manera de suicidarte. Repitió más cerca de mi oído. Lo que hacen ahí es aberrante. Mi amigo estuvo y me lo contó. Me lo contó todo. Siempre dejan a uno vivo para que después se corra la bola. Pero escuchame, eso, quedar así... no es vida... Y la voz continuó hablando en susurros, en apariencia solo para mi, pero yo sabía que todos los presentes tambien escuchaban.
Abren la celda y entran. Oigo las pisadas gomosas en el suelo de cemento húmedo. Por más que aprete los párpados, la imagen del rosario ensangrentado baila en mi cabeza.
No quiero abrir los ojos.
El gordo está parado enfrente mío, los otros dos, un poco más atras. No los veo pero lo adivino. Siento el aliento caliente del milico a centímetros de mi cara.
Abrí los ojos, turrito. Dice el gordo. Te vamos a llevar a un lugar.
No. Digo, casi en un susurro.
Si. Te vamos a mostrar algo especial. Dice el Gordo.
Siento que me pasan un lazo por el cuello y aprietan. Por puro instinto me resisto, pero el Gordo me golpea duro en la boca del estómago. Se me aflojan las piernas y quedo a su merced. Los dejo hacer. Me atan también las manos y me sacan de la celda a los tirones.
El Gordo camina adelante, va silbando y dándome la espalda. Sabe que estoy doblegado y no se preocupa por mi. Detrás mío, vienen los otros dos. Cantan a coro un salmo en alguna lengua extranjera, no latín sino tal vez, ruso, y pronuncian ciertas palabras de manera obsena. Su salmodia hace que se me pongan los pelos de punta. Me concentro en poner un pie detrás del otro para no perder el equilibrio. Mi vista está clavada en la culata de la pistola del Gordo. Pero mis pensamientos vuelan y se entrechocan como una mosca contra el vidrio de una ventana.
Pasamos por el pasillo y logro ver las celdas vacías. Un tufo a orines y vómito nos acecha antes de llegar a la escalera.
Subimos peldaño por peldaño, el Gordo no mira para atrás pero le da tirones a la soga para calcular mi posición.
Arriba, salimos a la superficie de lo que parece un hangar enorme. Las penumbras no me permiten entender las dimensiones de la estructura, pero me hago una rápida idea de una fábrica o galpón militar semi abandonado. No se ven otras personas ni vehículos en las inmediaciones. Nuestras pisadas retumban en el espacio abierto, el suelo está agrietado y puñados de hierbajos crecen aquí y allá entre montones de chatarra y bultos que no logro descifrar. En lo alto, a través del esqueleto de vigas que alguna vez fue el cielo raso, se divisa la luna llena flanqueada por nubes densas y oscuras. En fila india, atravesamos el recinto y salimos. Es una noche fresca y llena de sonidos. A mi alrededor solo veo pastizales y plantas trepadoras enredadas en los árboles, más atrás, asoman las siluetas de las casuarinas. No veo nada que me ayude a determinar exactamente donde estoy, aunque lo sospecho. En mi imaginación, va cobrando vida de manera nítida, lo que hasta este momento había mantenido a raya diciéndome que era improbable, lo que me había susurrado alguien en la celda tiempo atrás, y se había quedado dentro mío como un veneno, lo de los muertos dorados. En medio del pandemónium que son mis emociones, no sé cómo lidiar con eso.
Mientras soy conducido, los latidos de mi corazón golpean en las sienes, el miedo que siempre me domina no ha cedido terreno, sin embargo, esta vez ya no es una bruma paralizante sino un vértigo en la boca del estómago. Caminamos por un sendero de tierra húmeda y nos vamos internando en la espesura del monte, el camino continua más o menos en línea recta junto a una hilera despareja de sauces y matas de espinos ensortijados. Cada diez o quince metros un farol alumbra el camino, el haz de luz oscila suavemente y provoca que las sombras se agazapen y salten de un lado a otro.
Procuro enderezar mis hombros, caminar menos encorvado, una pequeña concesión que le pido a mi cuerpo para que la brea no me ahogue, para plantarle cara a lo que me espera.
Por delante, el Gordo da suaves tirones a la soga y avanza sin voltearse, pero algo en su postura ha cambiado también, sus movimientos son ahora rígidos y ya no silba. Detrás de mí, vienen los otros, encapuchados, envueltos en una sombra más densa. No quiero preguntarme quienes son, y mucho menos en que piensan.
La solemne procesión que confomamos se adentra en la arboleda sin emitir palabra. Solo oÍmos el sonido pegajoso de nuestras pisadas en el barro, el canto de los grillos y el ocasional ulular de las aves nocturnas.
Continuamos por un terraplén tosco y apenas elevado, el suelo está invadido por raíces y ramas que lo vuelven difícil de andar, además, los faroles escasean en esta parte y la oscuridad nos juega bromas.Tropiezo varias veces, pero no caigo. La marcha se hace engorrosa para todos durante este trecho, el gordo tropieza también y se le escapa una puteada, tiene la espalda transpirada y respira con dificultad, pero parece obstinado en seguir adelante y librarse de la carga.
A la media hora de marcha, el terreno se vuelve más prolijo y pisamos en firme, en un recodo despejado, me sorprende ver el lomo oscuro del río, el agua mansa donde la luna dibuja arabescos. Por su anchura, no es un río sino un canal apenas más ancho que un zanjón, de esos que entretejen el mapa de la Isla por mil partes. Sin embargo, la visión del agua me reconforta, me trae un alivio inesperado que me provoca lágrimas. Pienso en cosas familiares, territorios aprendidos de memoria desde la infancia, pienso que aunque no sepa donde estoy, conozco la fisonomía de la Isla como un patio de recreos, su textura, su color, sus ritmos. Con éstas ideas cálidas en la cabeza, intento sanar mi mente, y pierdo la noción del tiempo, la marcha continúa sin que yo repare demasiado en nada.
Mis pensamientos van saltando de un lado al otro, pero algo me devuelve a la realidad. De pronto, tengo la certeza de que ya no tendré otra oportunidad como esta. Mi captor está visiblemente agotado, y se ha detenido a recobrar el aliento. Resuella con las dos manos apoyadas en las rodillas y me mira sin prestarme atención, sus mejillas están enrojecidas y sus fosas nasales dilatadas. Cuando se recobra, busca en el bolsillo de su camisa y saca un paquete de cigarrillos. Por un segundo, mientras enciende el cigarro, el extremo de la soga cae de su mano y queda en el suelo. Mi mente trabaja con velocidad. Por el rabillo del ojo veo a los otros dos, están inmóviles, mantienen las manos juntas y la cabeza gacha como si rezaran. Calculo que no podrían perseguirme entre la maleza, no con esas túnicas, y además, el factor sorpresa estaría a mi favor. La visión del canal y las curvas del terraplén me han dado cierta orientación acerca de los bordes del terreno y en este caso, sé que llegar hasta el agua pudiera ser mi salvoconducto. En el peor de los casos, un tiro por la espalda marcaría el final de la partida y yo prefería que fuera así y no de la otra manera.
Sin pensarlo más, hago mi jugada. Mis piernas se preparan y se flexionan, giro el torso y comienzo a correr hacia la parte más espesa del monte. Todo esto dura menos que dos segundos, pero en mi cabeza, existe una espantosa sensación de que todo transcurre en cámara lenta. Alcanzo a ver la expresión del gordo, una mueca porcina de sorpresa y odio, se estira para alcanzar el extremo de la soga pero el extremo de la soga ya no está ahí, de modo que cae de rodillas y se queda berreando con la cara enrojecida ¡hiiiiiiiiijo deee puuuuuuutaaa!
Tambien en cámara lenta, paso cerca de los dos encapuchados, uno de ellos me mira fijamente y alcanzo a ver, por primera vez, parte de su rostro, un rostro pálido y delgado, y suspendida en esa luz blanca de la piel, la sonrisa negra y llena de dientes podridos.
El otro, el del rosario profano, saca del interior de su túnica un objeto que por un momento confundo con un arma, pero es algo que se lleva a la boca, una boca similar a la de su compañero, sopla un horrible sonido en una ocarina color hueso.
No veo más, me zambullo entre los árboles y pego zancadas como si fuera un conejo encabritado, ahora el tiempo a saltado de sus goznes, la cámara lenta se acelera, se detiene, vuelve a arrancar. Un balazo silba a centímetros de mi oreja y arranca un pedazo de corteza de un álamo, luego escucho dos tiros más pero pasan muy por encima, me muevo en zig zag y salto un tronco caído con agilidad. Tengo las manos atadas por delante, y el movimiento me provoca un dolor terrible en los hombros, pero no dejo de correr. Mis ojos parecen haberse adaptado a la oscuridad, alcanzo a divisar árboles y follajes que debo esquivar, me agacho frente a una maraña de zarzas y me meto de cabeza en un agujero de nutria, las espinas me arañan la cara, me desgarran la camisa pero no me detengo. Al otro lado del macizo de zarzas, el monte me da señales para elegir un camino sutil, casi invisible, y yo lo aprovecho, corro a través de el con toda la fuerza de la que soy capaz. Un pánico ciego me envuelve como un manto, todo el tiempo creo sentir pisadas detrás mío, manos que me toman del cuello, garras que me aprisionan los pies. No me imagino al Gordo persiguiéndome pero si a los otros dos, a esos si los tengo en la cabeza, y todas las historias que he oído y que se han nutrido de mi imaginación estando en cautiverio, ahora me persiguen como una jauría de bestias, en esta carrera en la oscuridad.
Tropiezo con el terraplén y caigo de cabeza, estrepitosamente. Escupo tierra. Me incorporo y giro mi cabeza hacia ambas direcciones del camino. Mis latidos son como una metralla. Nadie a la vista, pero no logro quitarme de encima la sensación de acecho. Me concedo tres segundos para respirar. Seis segundos. Nueve. No hay nadie en el camino. Nadie.
A unos cincuenta metros, se vislumbra el resplandor de una farola. Me pongo en movimiento otra vez, primero al trote, luego cuando quiebro el miedo, mis pisadas vuelan sobre el suelo.
Paso por la zona alumbrada como una exhalación. Sé que a menos de cien metros está el recodo, y más allá el canal. El agua, el brazo pequeño del río. Sé que si llego al agua estoy salvado.
Entonces vuelvo a escuchar el sonido de la ocarina y el pecho se me comprime. Es un sonido lejano pero rebota por todos los rincones de la isla. No puedo dejar de correr, sollozando, casi a punto de enloquecer. Me acerco al borde del agua. Me digo que faltan solo veinte metros, quince.
Desde la orilla del canal se oye un chapoteo. Tres formas vagamente humanas surgen del agua y trepan por las raíces. Sus cuerpos están hinchados y sus miembros lucen viscosos y resbaladizos como babosas. Tienen agujeros en vez de boca, y los ojos saltones y velados por membranas. Sus pieles son como las barrigas de algunos peces, blancas, cremosas, nauseabundas.
Me detengo a mitad de mi carrera. Las piernas ya no me responden y caigo de rodillas,
Los ahogados se arrastran hasta mi. Están desnudos y entre ellos, reconozco la forma de una mujer.
Se acercan y comienzo a olerlos, a escuchar los sonidos que emiten, a ver lo que dicen sus ojos. Y comienzo a gritar. Es el grito que nunca lograré callar. Ni aunque me arranquen la lengua y las cuerdas vocales. Ni aunque despierte de una pesadilla o esté definitivamente muerto, en mi espacio de conciencia interior, este es el grito durará para siempre.
La cosa sin nombre que antes fue una mujer se arroja encima mío. Los otros dos, me sostienen los brazos y las piernas. Y cuando ya no puedo abrir más la boca para que salga mi horror, una lengua podrida ahoga mi respiración.
Continuamos por un terraplén tosco y apenas elevado, el suelo está invadido por raíces y ramas que lo vuelven difícil de andar, además, los faroles escasean en esta parte y la oscuridad nos juega bromas.Tropiezo varias veces, pero no caigo. La marcha se hace engorrosa para todos durante este trecho, el gordo tropieza también y se le escapa una puteada, tiene la espalda transpirada y respira con dificultad, pero parece obstinado en seguir adelante y librarse de la carga.
A la media hora de marcha, el terreno se vuelve más prolijo y pisamos en firme, en un recodo despejado, me sorprende ver el lomo oscuro del río, el agua mansa donde la luna dibuja arabescos. Por su anchura, no es un río sino un canal apenas más ancho que un zanjón, de esos que entretejen el mapa de la Isla por mil partes. Sin embargo, la visión del agua me reconforta, me trae un alivio inesperado que me provoca lágrimas. Pienso en cosas familiares, territorios aprendidos de memoria desde la infancia, pienso que aunque no sepa donde estoy, conozco la fisonomía de la Isla como un patio de recreos, su textura, su color, sus ritmos. Con éstas ideas cálidas en la cabeza, intento sanar mi mente, y pierdo la noción del tiempo, la marcha continúa sin que yo repare demasiado en nada.
Mis pensamientos van saltando de un lado al otro, pero algo me devuelve a la realidad. De pronto, tengo la certeza de que ya no tendré otra oportunidad como esta. Mi captor está visiblemente agotado, y se ha detenido a recobrar el aliento. Resuella con las dos manos apoyadas en las rodillas y me mira sin prestarme atención, sus mejillas están enrojecidas y sus fosas nasales dilatadas. Cuando se recobra, busca en el bolsillo de su camisa y saca un paquete de cigarrillos. Por un segundo, mientras enciende el cigarro, el extremo de la soga cae de su mano y queda en el suelo. Mi mente trabaja con velocidad. Por el rabillo del ojo veo a los otros dos, están inmóviles, mantienen las manos juntas y la cabeza gacha como si rezaran. Calculo que no podrían perseguirme entre la maleza, no con esas túnicas, y además, el factor sorpresa estaría a mi favor. La visión del canal y las curvas del terraplén me han dado cierta orientación acerca de los bordes del terreno y en este caso, sé que llegar hasta el agua pudiera ser mi salvoconducto. En el peor de los casos, un tiro por la espalda marcaría el final de la partida y yo prefería que fuera así y no de la otra manera.
Sin pensarlo más, hago mi jugada. Mis piernas se preparan y se flexionan, giro el torso y comienzo a correr hacia la parte más espesa del monte. Todo esto dura menos que dos segundos, pero en mi cabeza, existe una espantosa sensación de que todo transcurre en cámara lenta. Alcanzo a ver la expresión del gordo, una mueca porcina de sorpresa y odio, se estira para alcanzar el extremo de la soga pero el extremo de la soga ya no está ahí, de modo que cae de rodillas y se queda berreando con la cara enrojecida ¡hiiiiiiiiijo deee puuuuuuutaaa!
Tambien en cámara lenta, paso cerca de los dos encapuchados, uno de ellos me mira fijamente y alcanzo a ver, por primera vez, parte de su rostro, un rostro pálido y delgado, y suspendida en esa luz blanca de la piel, la sonrisa negra y llena de dientes podridos.
El otro, el del rosario profano, saca del interior de su túnica un objeto que por un momento confundo con un arma, pero es algo que se lleva a la boca, una boca similar a la de su compañero, sopla un horrible sonido en una ocarina color hueso.
No veo más, me zambullo entre los árboles y pego zancadas como si fuera un conejo encabritado, ahora el tiempo a saltado de sus goznes, la cámara lenta se acelera, se detiene, vuelve a arrancar. Un balazo silba a centímetros de mi oreja y arranca un pedazo de corteza de un álamo, luego escucho dos tiros más pero pasan muy por encima, me muevo en zig zag y salto un tronco caído con agilidad. Tengo las manos atadas por delante, y el movimiento me provoca un dolor terrible en los hombros, pero no dejo de correr. Mis ojos parecen haberse adaptado a la oscuridad, alcanzo a divisar árboles y follajes que debo esquivar, me agacho frente a una maraña de zarzas y me meto de cabeza en un agujero de nutria, las espinas me arañan la cara, me desgarran la camisa pero no me detengo. Al otro lado del macizo de zarzas, el monte me da señales para elegir un camino sutil, casi invisible, y yo lo aprovecho, corro a través de el con toda la fuerza de la que soy capaz. Un pánico ciego me envuelve como un manto, todo el tiempo creo sentir pisadas detrás mío, manos que me toman del cuello, garras que me aprisionan los pies. No me imagino al Gordo persiguiéndome pero si a los otros dos, a esos si los tengo en la cabeza, y todas las historias que he oído y que se han nutrido de mi imaginación estando en cautiverio, ahora me persiguen como una jauría de bestias, en esta carrera en la oscuridad.
Tropiezo con el terraplén y caigo de cabeza, estrepitosamente. Escupo tierra. Me incorporo y giro mi cabeza hacia ambas direcciones del camino. Mis latidos son como una metralla. Nadie a la vista, pero no logro quitarme de encima la sensación de acecho. Me concedo tres segundos para respirar. Seis segundos. Nueve. No hay nadie en el camino. Nadie.
A unos cincuenta metros, se vislumbra el resplandor de una farola. Me pongo en movimiento otra vez, primero al trote, luego cuando quiebro el miedo, mis pisadas vuelan sobre el suelo.
Paso por la zona alumbrada como una exhalación. Sé que a menos de cien metros está el recodo, y más allá el canal. El agua, el brazo pequeño del río. Sé que si llego al agua estoy salvado.
Entonces vuelvo a escuchar el sonido de la ocarina y el pecho se me comprime. Es un sonido lejano pero rebota por todos los rincones de la isla. No puedo dejar de correr, sollozando, casi a punto de enloquecer. Me acerco al borde del agua. Me digo que faltan solo veinte metros, quince.
Desde la orilla del canal se oye un chapoteo. Tres formas vagamente humanas surgen del agua y trepan por las raíces. Sus cuerpos están hinchados y sus miembros lucen viscosos y resbaladizos como babosas. Tienen agujeros en vez de boca, y los ojos saltones y velados por membranas. Sus pieles son como las barrigas de algunos peces, blancas, cremosas, nauseabundas.
Me detengo a mitad de mi carrera. Las piernas ya no me responden y caigo de rodillas,
Los ahogados se arrastran hasta mi. Están desnudos y entre ellos, reconozco la forma de una mujer.
Se acercan y comienzo a olerlos, a escuchar los sonidos que emiten, a ver lo que dicen sus ojos. Y comienzo a gritar. Es el grito que nunca lograré callar. Ni aunque me arranquen la lengua y las cuerdas vocales. Ni aunque despierte de una pesadilla o esté definitivamente muerto, en mi espacio de conciencia interior, este es el grito durará para siempre.
La cosa sin nombre que antes fue una mujer se arroja encima mío. Los otros dos, me sostienen los brazos y las piernas. Y cuando ya no puedo abrir más la boca para que salga mi horror, una lengua podrida ahoga mi respiración.
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